Me despierto en la cama de F. En realidad nunca he estado en la cama de F, pero me puedo imaginar la perspectiva de su habitación desde allí.
Tardo unos segundos en darme cuenta de qué hago en esta cama. Ayer hubo fiesta.
Me levanto y salgo al pasillo, donde me encuentro con Á, que parece ser el dueño de la casa, aunque en seguida soy consciente de que ésta es la casa de K.
K no está por ningún lado. Parece que es la imagen de Á la que le representa, pero Á pasa de mí. Es como si no me viera.
Me voy.
Había quedado con la gente de clase para ver unos cortos para no sé qué historias. Ya es de noche otra vez.
Los cortos se proyectan en una sala pequeñita situada en algún punto del centro, que hace esquina con el Paseo del Prado, situado entre Atocha y Banco de España.
Mientras esperamos a entrar jugamos al escondite inglés. El ruido de los coches dificulta el desarrollo del juego porque me impide oír al que se la liga, personaje irrelevante en esta historia.
Una vez dentro me encuentro con lo de siempre, casi no quedan sitios libres.
Me siento detrás de Ale y en las rodillas de M. La aparición de M tampoco viene mucho a cuento.
Me rodea con sus brazos mientras vemos el primer corto y en el segundo ya me está acariciando el pelo. Al cuarto me agacho y comienzo a chupársela, pero no me apetece.
El suelo se vuelve agua y me sumerjo intentando llegar al fondo, no me apetece formar parte de lo que hay arriba.
Cuando estoy a unos dos metros de profundidad aún puedo oír a M avisarme de que no intente tocar el fondo. Me invade el pánico y a pesar de ello no consigo subir a la superficie.
Vuelvo a casa con M de la mano. Es pronto. Deben ser la diez de una mañana de verano. Pero volvemos por la zona de los edificios de oficinas, que de pronto han ocupado el parque.
Me gustan los edificios de oficinas en verano. Esos edificios cubiertos con cristaleras azuladas, que en su conjunto aportan un toque de frescor a las vacías calles de asfalto ardiente.
Pero como ya he dicho es pronto, y no hace demasiado calor. Todo está idealizado y son varios los ejecutivos que bajan del sus Aundis, Mercedes y BMW’s.
Ya en la zona de parque más próxima a mi casa vemos a una par de policías pegando a una chica. Nos acercamos a ver qué ocurre y comienzan a insultarnos. M desaparece de escena y me quedo sola, víctima la tortura psicológica (derivada de alguna flojera interior que supongo tengo que superar) a la que me someten estos policías corruptos.
Termino llorando, tirada en el suelo y ardiendo de rabia frente la injusticia tan abstracta (desde el punto de vista actual) que consigue que se me desespere.
Suena el teléfono y despierto. Bien.
domingo, 28 de diciembre de 2008
domingo, 21 de diciembre de 2008
ELLAS

Me ha vuelto ha pasar.
La asfixia, las náuseas, la ansiedad y la rabia.
De nuevo mi curiosidad/morbo/incapacidad de estarme quietecita me llevó a investigar de la mano de mi siempre fiel amigo internet. Y de nuevo me encontré con algo desagradable que me llevaría un tiempo olvidar.
Sus ojos brillaban mil veces más que los míos al sonreír. Tus manos en su cintura pasaban a formar parte de su cuerpo.
Su voz, sus ganas de vivir, su risa, su pelo, las cosas que te decía y yo no alcanzo a decirte.
Y no importa quién seas tú o quién sea ella, siempre es así.
Nunca dejo mi huella en tí como lo hizo ella.
Las primeras veces dolió tanto (supongo que realidad lo normal en estos casos) que me planteé si tenía sentido todo aquello. Luego lo convertí en un juego divertido, con consecuencias no menos divertidas.
Y ahora me canso de jugar siempre a lo mismo, y acabar siendo eliminada por los personajes secundarios de mi propio juego.
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NOCHES CON FINAL INCIERTO,
PARA USTEDES
jueves, 11 de diciembre de 2008
GOTITAS DE CRISTAL, UN, DOS...

Besitos fríos le parecían las gotas de lluvia al caer en sus muslos a través de la falda.
¡Cómo le gustaban las tormentas de verano!
Columpiándose sobre aquel ya no tan grande neumático, de vez en cuando miraba al cielo y veía caer las gotas: montones de puntitos blancos que surgían derrepente de la inmensa nube gris, y que derrepente se le metían en los ojos, entre el pelo, la ropa o incluso se colaban en su pecho refrescándole el alma.
Su vestido naranja ya se teñía rojizo cuando el perro, el dichoso perro, se plantó frente a ella obligándola a frenar de golpe, ahora que casi le parecía tocar el cielo cuando se elevaba haciendo chirriar las cadenas del columpio.
Y volvieron a casa pisando charcos.
martes, 25 de noviembre de 2008
SOLO (STRAWBERRY FIELDS FOREVER).
El otoño ya tontea con el invierno y, con el jersey gris, de cuello alto, y la calefacción bien subida, se encuentra solo en casa. Completamente solo.
Se sienta sobre la cama y coge el libro que hay en la mesilla. Se acomoda, lo abre y lo cierra. No le apetece leer.
Se levanta y se asoma a la ventana. Fuera es de noche y parece que ha llovido. Demasiado frío para salir. Salir, ¿para qué?
Entra en el estudio, coge lápiz y papel y comienza a dibujar. Pero lo deja, no se siente motivado.
Mira el ordenador encendido. Ya lo ha exprimido suficiente por hoy.
Se pone un poco de música y se tumba para hacer flexiones. Cuando lleva un par cae rendido en el suelo.
Se levanta y va hacia la cocina, y abre la nevera. Demasiado fría.
Pero repara en un cuenco con fresas. ¿Quién las habrá comprado?
Lo saca del frigorífico y se lo lleva al estudio. Allí apoya el corcho blanco (que llevaba cogiendo polvo al me nos tres meses) contra la pared.
Comienza a clavar las fresas en el corcho con unos palillos de madera que normalmente utiliza para hacer dibujos en el barro después de moldearlo.
Las fresas sangran ese humor suyo tan dulce, y entonces lo ve claro: decide llamarla.
Tarda en contestar, y lo hace algo perezosa. Se le nota en la voz.
-¿Sí?
-Déjame llevarte, porque voy a los campos de fresas y no hay nada por lo que preocuparse.
-Campos de fresa para siempre.
Se sienta sobre la cama y coge el libro que hay en la mesilla. Se acomoda, lo abre y lo cierra. No le apetece leer.
Se levanta y se asoma a la ventana. Fuera es de noche y parece que ha llovido. Demasiado frío para salir. Salir, ¿para qué?
Entra en el estudio, coge lápiz y papel y comienza a dibujar. Pero lo deja, no se siente motivado.
Mira el ordenador encendido. Ya lo ha exprimido suficiente por hoy.
Se pone un poco de música y se tumba para hacer flexiones. Cuando lleva un par cae rendido en el suelo.
Se levanta y va hacia la cocina, y abre la nevera. Demasiado fría.
Pero repara en un cuenco con fresas. ¿Quién las habrá comprado?
Lo saca del frigorífico y se lo lleva al estudio. Allí apoya el corcho blanco (que llevaba cogiendo polvo al me nos tres meses) contra la pared.
Comienza a clavar las fresas en el corcho con unos palillos de madera que normalmente utiliza para hacer dibujos en el barro después de moldearlo.
Las fresas sangran ese humor suyo tan dulce, y entonces lo ve claro: decide llamarla.
Tarda en contestar, y lo hace algo perezosa. Se le nota en la voz.
-¿Sí?
-Déjame llevarte, porque voy a los campos de fresas y no hay nada por lo que preocuparse.
-Campos de fresa para siempre.
(Inspiradísimo en la peli de "Across the universe")
domingo, 23 de noviembre de 2008
NOVIEMBRE DULCE

Voy muy relajada, no he ido a clase por la mañana y a pesar de la hora he encontrado sitio para sentarme en Campo de la Naciones. El vagón está lleno de gente, y en frente hay una pareja que viene del aeropuerto.
Son jóvenes, no parece que lleguen a los treinta.
Ella no es especialmente guapa, rubia natural y de piernas infinitas, tiene una nariz muy peculiar, como si la hubiesen moldeado añadiendo un pegote de más en la punta que la hace algo aquileña, pero con un tabique de tamaño normal. Está algo torcida.
Parece cansada y tiene los ojos más cerrados que abiertos. Mira hacia otro lado y resulta ser la cosa más dulce que he visto en mucho tiempo.
Él también es consciente de esa dulzura y no para de observarla. Le toca el pelo y le acaricia la mejilla.
Tiene manos de artista, y unos rasgos muy especiales, algo de asiático quizá.
Cuando hablan entre ellos me doy cuenta de que son extranjeros, y de que probablemente son más felices de lo que en este momento alcancen a ser conscientes.
Y me quedo embobada, hasta Nuevos Ministerios, mirándoles, y no siento envidia, sólo ternura.
domingo, 16 de noviembre de 2008
17. VINO Y LLORIQUEOS

Le conoció con diecisiete años. Él era mayor, para variar. Y esto supuso un cambio de rumbo en algunas cosas. Quizá no se trataba de él, sino de las circunstancias en las que le había conocido, el nuevo círculo de amigos al que se había unido para retomar una vieja amistad de la infancia.
Pero hace un año no se planteaba cosas como despertarse en Buenos Aires una fría mañana de julio y, con los pies desnudos, levantarse para alcanzar las copas de vino de la noche anterior y acabar con su exquisito contenido.
Allí, congelada, se quedaba quieta unos instantes, mirando por la ventana y echándole de menos más que a cualquier otra hora.
Luego a lo largo del día lloriqueaba varias veces sintiéndose algo perdida y alejada de todo lo que conocía y le hacía sentirse a gusto.
Pero con los lloriqueos venían reflexiones con las que se sintió capaz de encontrarse a sí misma en cualquier parte.
Al mes siguiente, ya en España, comenzaron las noches de perder el control a medias.
De las prisas por vivir.
Pero hace un año no se planteaba cosas como despertarse en Buenos Aires una fría mañana de julio y, con los pies desnudos, levantarse para alcanzar las copas de vino de la noche anterior y acabar con su exquisito contenido.
Allí, congelada, se quedaba quieta unos instantes, mirando por la ventana y echándole de menos más que a cualquier otra hora.
Luego a lo largo del día lloriqueaba varias veces sintiéndose algo perdida y alejada de todo lo que conocía y le hacía sentirse a gusto.
Pero con los lloriqueos venían reflexiones con las que se sintió capaz de encontrarse a sí misma en cualquier parte.
Al mes siguiente, ya en España, comenzaron las noches de perder el control a medias.
De las prisas por vivir.
Pero el soltarse artificialmente, hablando más de la cuenta y bailando más de lo humanamente posible y saludable empieza a convertirse ahora en un problema. Preferiría no recordar y ser capaz de frenar ciertos impulsos adolescentes.
Porque ya me estoy arrepintiendo de lo que hice ayer y de este olor que no es el mío.
Porque ya me estoy arrepintiendo de lo que hice ayer y de este olor que no es el mío.
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NOCHES CON FINAL INCIERTO
lunes, 3 de noviembre de 2008
EN EL PARQUE

—¿Quieres mucho rato o poco?
No entiendo muy bien qué quiere decir. A veces soy lento.
—¿Mucho o poco? —repite.
—¿Qué diferencia hay?
—Cuando es poco me levanto la falda, sólo una mirada no llevo nada debajo. Mucho rato es en el tobogán.
—El tobogán tampoco es mucho rato —le digo.
—¡Mierda! —dice—, mira que eres cargante a veces. Es gratis, no me lo has pedido y encima protestas. ¡Por una vez que tengo ganas contigo! ¡Si no, cortaba ahora mismo! ¡Y te advierto que luego, ni aunque supliques! ¡No me vengas llorando con que otros lo han visto y tú no!
No entiendo muy bien qué quiere decir. A veces soy lento.
—¿Mucho o poco? —repite.
—¿Qué diferencia hay?
—Cuando es poco me levanto la falda, sólo una mirada no llevo nada debajo. Mucho rato es en el tobogán.
—El tobogán tampoco es mucho rato —le digo.
—¡Mierda! —dice—, mira que eres cargante a veces. Es gratis, no me lo has pedido y encima protestas. ¡Por una vez que tengo ganas contigo! ¡Si no, cortaba ahora mismo! ¡Y te advierto que luego, ni aunque supliques! ¡No me vengas llorando con que otros lo han visto y tú no!
domingo, 2 de noviembre de 2008
ANNETTE, ANNELEIN, ANNA, ANA

Últimamente casi no nos vemos, y cuando lo hacemos ha pasado tanto tiempo que se nos olvidan la mitad de las nimiedades que nos teníamos que contar, porque lo importante se nos suele atragantar antes de salir casi escupido por la boca.
Las cosas están cambiando, nuestras vidas están cambiando, hasta las drogas están cambiando (pequeño guiño a esa peli que parece que pasó por tus narices sin pena ni gloria).
Y no me apetece hablar contigo los sábados o los domingos por la tarde para contarte la odisea de la noche anterior, porque lo que quiero es vivirla contigo.
Parece que definitivamente aquel plan de juntar a nuestros nuevos compañeros y salir todos juntos de fiesta se ha visto un poco... "ahogado".
Si es que no somos compatibles coñel mundo.
Las cosas están cambiando, nuestras vidas están cambiando, hasta las drogas están cambiando (pequeño guiño a esa peli que parece que pasó por tus narices sin pena ni gloria).
Y no me apetece hablar contigo los sábados o los domingos por la tarde para contarte la odisea de la noche anterior, porque lo que quiero es vivirla contigo.
Parece que definitivamente aquel plan de juntar a nuestros nuevos compañeros y salir todos juntos de fiesta se ha visto un poco... "ahogado".
Si es que no somos compatibles coñel mundo.
De las noche Ashleys casi que me olvido.
Ésto parece más una de esas cartas que tengo pendiente por darte/mandarte que una entrada de blog, pero algún día te escribiré algo más poético.
Lo prometo.
Ésto parece más una de esas cartas que tengo pendiente por darte/mandarte que una entrada de blog, pero algún día te escribiré algo más poético.
Lo prometo.
28 YEARS OLD DEAD MAN

Aquello empezó como el capítulo de una serie de investigaciones criminales. La escena del crimen estaba llena de testigos, pero lo peor ya había pasado. En este caso no se trataba de averiguar qué había sucedido ni quién era el culpable, estaba bastante claro.
Él estaba tirado en el suelo, apoyado contra la pared y entre ésta y el coche que lo había golpeado. Tenía el pelo sucio, la cara pintada de blanco y sudorosa y todos podríamos haber afirmado que estaba muerto, por fin.
La verdad es que la idea de que pudiera despertarse en cualquier momento me aterraba, pero sabía que era exactamente lo que iba a suceder a continuación.De pronto sus ojos se abrieron. Con la cabeza inclinada hacia abajo y aquella mueca siniestra de su sonrisa su rostro se volvió tan macabro como lo había conocido siempre.Me quedé sin voz, paralizada. Todos estaban de espaldas a él y yo era la única que le había visto despertar, y ya se estaba levantando.Al percatarse de mi parálisis, una mujer se dio la vuelta y gritó, viendo que él se dirigía hacia nosotros, tambaleándose y gruñendo.
Corrimos, huyendo de aquella, nuestra pesadilla.Salimos a la calle por la rampa de entrada del aparcamiento. En cuestión de minutos había formado todo un ejército de asesinos a su imagen y semejanza.Escapamos todos. Parece ser que él estaba demasiado ocupado planeando algo para acabar con todos nosotros de una vez.
Huimos a la selva, sí, a la selva. Yo nunca supe muy bien dónde estábamos. Parecía un paraíso amazónico. De espesa vegetación pero increíblemente iluminado, irradiaba una luz casi fosforescente. Caminábamos en fila india día tras día. Él seguía nuestros pasos por aquel laberíntico paisaje, a veces en paralelo a nosotros.
La selva le transformó, y mi percepción de él cambió completamente. Se había vuelto más humano, quizá más que muchos de nosotros, que ya empezábamos a alienarnos.
Se había dejado crecer el pelo, el cual se había aclarado con el sol y ya le llegaba por debajo de los hombros en calidad de rizos y recogido en una coleta. Su mirada se había vuelto mucho más serena y ahora viajaba solo. Por primera vez vi más allá de la pintura blanca que antaño cubría su rostro. Ví que sus ojos eran pequeños y marrones, sus cejas no estaban muy pobladas pero eran anchas, y su barba era rubia y escasa. Iba descubierto de cintura para arriba y su piel se había tornado algo más oscura de lo que probablemente solía ser. Sus manos estaban llenas de callos y trabajaba con ellas en algo.
Aquella imagen despertó algo en mí que me hizo abandonar mi huida, al grupo y mi propio raciocinio.
Atravesé el muro de ramas e insectos que me separaba de él, sentado a pocos metros, y me acerqué.
Al principio parecía ignorarme, a mí que me había robado el corazón casi derrepente. Pensé que quizá no era su tipo, o que sus ansias de matar se habían extinguido, o que la soledad de su viaje le había vuelto un ser ermitaño. Pero me sentía a gusto, a salvo, y no tuve la necesidad de entablar conversación alguna.
Finalmente una voz en off me narró, por así decirlo, lo que me esperaba.Se había convertido en un salvaje absoluto, y cierto instinto animal le impulsaba a perpetuar la especie, a "continuar con el proceso de reoproducción" como dijo la voz.
A mí me asustaba que me hubiera elegido, no creía estar preparada, pero no pude negarme.Él me miró, se tumbó sobre el mullido suelo inclinado y me invitó a hacer lo mismo.
be joker
sábado, 1 de noviembre de 2008
LAS MADERAS
Nosotras le pusimos nombre propio a ése lugar.
Allí compartimos mil secretos que allí se quedaron.
Tanto es así que ni siquiera quisieron volver a nuestra memoria.
Las maderas son silenciosos testigos de mis escapadas, mi paciencia, mis nervios, desengaños y admiración.
Y siento que me pertenezco un poco más con su silencio.
2002 dejó su huella, 2004 la borró.
Allí compartimos mil secretos que allí se quedaron.
Tanto es así que ni siquiera quisieron volver a nuestra memoria.
Las maderas son silenciosos testigos de mis escapadas, mi paciencia, mis nervios, desengaños y admiración.
Y siento que me pertenezco un poco más con su silencio.
2002 dejó su huella, 2004 la borró.
P
Labios del color de la sangre de fresa.
Risa clara, volumen cuidado, timbre propio de la edad, del sexo.
Cabeza rapada y llena de cicatrices.
Ojos azulesy pequeños.
Orejas vírgenes de perforaciones.
Manos protectoras, fuertes y duras.
Piernas con infinitas historias grabadas.
Pies grandes, blandos y lechosos.
Sabiendo qué hacer y cuando.
Dejándose llevar y formando parte de la corriente, fluyendo.
Así era.
O así le recuerdo.
Risa clara, volumen cuidado, timbre propio de la edad, del sexo.
Cabeza rapada y llena de cicatrices.
Ojos azulesy pequeños.
Orejas vírgenes de perforaciones.
Manos protectoras, fuertes y duras.
Piernas con infinitas historias grabadas.
Pies grandes, blandos y lechosos.
Sabiendo qué hacer y cuando.
Dejándose llevar y formando parte de la corriente, fluyendo.
Así era.
O así le recuerdo.
jueves, 30 de octubre de 2008
CHICA FÁCIL

Iba caminando por la calle cuando le vio de lejos. Se le acercó por detrás.
-¡Chinchírribin! ¡Qué tenemos aquí!
Se giró y con una de esas sonrisas tontas que caracterizan este tipo de sorpresas desconcertantes le preguntó:
-¿Chinchírribin?
-Mary Poppins -respondió ella.- Cuando se encuentran con Dick van Dyke y se van de paseo. Sí hombre. Que se sientan a tomar algo en una terracita y los camareros son pingüinos que cantan y bailan. No puedes olvidar esa escena.
-Ehhh...sí, pero por qué... ?
-Pues que estabas aquí en la plaza y me he acordado de esa escena y eso, no sé.
-Eso y que llevas un pedo fino.
Y entonces ella sintió la vergüenza del ebrio que se cruza con el sobrio al que ve todos los días en circunstancias muy diferentes.
Hablaron un rato. Sus amigos habían entrado en el mismo local. Él había salido para respirar un poco de aire y ella sencillamente no llegó a entrar.
Pasada la media hora el frío les hizo volver al mundo real y abandonar el coqueteo para plantearse lo de reunirse con sus colegas.
Una vez dentro continuaron en su pompa de "me gustas pero te lo vas tener que currar un poquito más". Y aquello parecía infinito. Ella se lo estaba poniendo refácil. Y no es que no le gustara el juego de la seducción, pero no tenía paciencia con estas cosas.
Si le gustaba lo quería ya.
Él se hacía de rogar. Sabía que si la dejaba con las ganas no habría perdido su oportunidad. Pero le apetecía jugar con ella, y que se rindiera, que confesara.
-Te invito. Venga, ¿qué quieres?
-Lo que quieras tú. Voy al baño.
Increíblemente la cola para entrar en el de los tíos era considerablemente mayor que la del de las tías, pero ambas se unían en un estrecho pasillo antes de bifurcarse.
Delante de ella un par de pijas sumergidas en infinitas capas de maquillaje comentaban el terrible estado de sus zapatos "hipermanchados" de "vete tú a saber que mierda. Que la gente es super desconsiderada tía. Podrían mirar por dónde pisan", etc, etc.
Detrás un tipo que no iba en mejor estado que ella, y que le rozaba peligrosamente la falda con el pantalón, comenzaba a crear un ambiente de tensión sexual que hizo que se olvidara de la copa y el principal candidato a una noche de sexo asegurado que la esperaban en el piso de arriba.
Con éste la cosa estaba más fácil, así que cuando le llegó el turno de entrar le cogió de la mano y le obligó a meterse con ella.
Con éste la cosa estaba más fácil, así que cuando le llegó el turno de entrar le cogió de la mano y le obligó a meterse con ella.
lunes, 27 de octubre de 2008
VIAJE LIGERO
-¿ Imaginas vivir por el mundo?
-¿Cómo por el mundo?
-Sí, en el mundo.
-Ah, claro. Yo vivo en el mundo por el agua.
-¿Cómo por el agua?
-Con ella.
-¿Vas con el agua?
-La persigo. O mejor dicho, fluyo tras ella.
-Yo vivo en horizontes de nubes.
-¿Y cómo es aquello?
-Cada tarde despierto entre violetas impregnados de cálidos naranjas. Son el séquito del Reino del Sol. Y cuando ya se han marchado, me subo a las estrellas y observo desde allí.
-¿Y qué observas?
-A ti.
-¿Cómo por el mundo?
-Sí, en el mundo.
-Ah, claro. Yo vivo en el mundo por el agua.
-¿Cómo por el agua?
-Con ella.
-¿Vas con el agua?
-La persigo. O mejor dicho, fluyo tras ella.
-Yo vivo en horizontes de nubes.
-¿Y cómo es aquello?
-Cada tarde despierto entre violetas impregnados de cálidos naranjas. Son el séquito del Reino del Sol. Y cuando ya se han marchado, me subo a las estrellas y observo desde allí.
-¿Y qué observas?
-A ti.
FIN DE LA SEGUNDA PARTE
Tengo miedo. La tarde es gris y la tristezadel cielo se abre como una boca de muerto.
Aquella tarde el cielo se abrió más que nunca, por ti, que callabas.
Te fuiste en silencio, cuando quedaban tantas cosas por decir que ya no se dirán. Cuando el final vino por sí solo y con un preaviso de casi la mitad de nuestro tiempo. Yo hablé y los dos asentimos. Yo hablé y tú no sentías.
Con un nudo en la garganta nos levantamos y nos dimos la espalda, y nos hicimos un favor.
Aunque tienes un absurdo empeño en rejuvenecer día tras día.
Aquella tarde el cielo se abrió más que nunca, por ti, que callabas.
Te fuiste en silencio, cuando quedaban tantas cosas por decir que ya no se dirán. Cuando el final vino por sí solo y con un preaviso de casi la mitad de nuestro tiempo. Yo hablé y los dos asentimos. Yo hablé y tú no sentías.
Con un nudo en la garganta nos levantamos y nos dimos la espalda, y nos hicimos un favor.
Aunque tienes un absurdo empeño en rejuvenecer día tras día.
domingo, 26 de octubre de 2008
DESENGAÑO
sábado, 25 de octubre de 2008
AÑO NUEVO, VIDA NUEVA
- ¿Cuántos años teneis?
- Ñaaaaaaa... ¿Qué más da?
Joder claro que no da igual. No para ti.
Y en tu cama somos tres, intentando dormir.
Pero el alcohol está por todas partes y tu casa me enferma.
Y cuando llego a la mía soy tan feliz, tan tan feliz... ay, que me caigo y no despierto.
- Ñaaaaaaa... ¿Qué más da?
Joder claro que no da igual. No para ti.
Y en tu cama somos tres, intentando dormir.
Pero el alcohol está por todas partes y tu casa me enferma.
Y cuando llego a la mía soy tan feliz, tan tan feliz... ay, que me caigo y no despierto.
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NOCHES CON FINAL INCIERTO
jueves, 23 de octubre de 2008
LOLIPOP MAN
No debió hacerle mucha gracia que le adelantara.
Eran las diez más que pasadas y yo sabía que iba a llegar mínimo un cuarto de hora tarde, como de costumbre.
Lo tenía todo planeado y llegaba tarde. Es algo superior a mí que arrastro desde cuarto aproximadamente, cuando decidí que las clases de ética (a primera hora, martes y jueves) eran prescindibles.
Ahora todas las clases a primera hora se han vuelto prescindibles y hacer esperar a la gente algo cotidiano.
Dios bendiga a los amigos con coche que te vienen a buscar a casa.
Caminaba lo más deprisa posible, todo lo rápido que uno puede caminar sin que se pueda decir que corre.
Entonces él me adelantó como si no pudiera ser menos, derrepente tenía mas prisa que nadie. Su paso resultaba ridículamente acelerado.
Tendría veintitodos, treinta y alguno, iba trajeado y muy serio. Un ejecutivo agresivo al que se le había olvidado que la función había terminado hacía rato, al salir de la oficina.
Hay gente que tiene la manía de interpretar un papel, el de su vida, de cara a los demás. Gente como los profesores, los padres, los ejecutivos, los policías o incluso los autobuseros. Gente rancia, falsa, que inspira de todo menos ese respeto que esperan conseguir con la pose seria del tipo ocupado con mil responsabilidades al que parece que debemos la vida.
Ya iba unos pasos por delante de mí cuando algo se le calló del bolsillo del pantalón. Parecía un envoltorio, era un envoltorio. Fácilmente reconocible: brillo metálico, plateado por el interior y dorado por el exterior, del tamaño de una moneda de dos euros, redondo y arrugado. Sin duda era el envoltorio de una moneda de chocolate de 20 céntimos.
Me arrancó una sonrisa de ternura el ver aquello desprendiéndose de su agrio dueño.
El aire cargado del metro me asfixiaba, así que comencé a andar más deprisa, y él, más aún.
El trasbordo más desesperante de toda la red de Metro de Madrid.
Cruzamos una esquina y entonces otro envoltorio se escapó se su bolsillo. Esta vez se trataba de un bubaloo de fresa.
Fresa... ¡qué palabra! ¡qué sabor!
Eran las diez más que pasadas y yo sabía que iba a llegar mínimo un cuarto de hora tarde, como de costumbre.
Lo tenía todo planeado y llegaba tarde. Es algo superior a mí que arrastro desde cuarto aproximadamente, cuando decidí que las clases de ética (a primera hora, martes y jueves) eran prescindibles.
Ahora todas las clases a primera hora se han vuelto prescindibles y hacer esperar a la gente algo cotidiano.
Dios bendiga a los amigos con coche que te vienen a buscar a casa.
Caminaba lo más deprisa posible, todo lo rápido que uno puede caminar sin que se pueda decir que corre.
Entonces él me adelantó como si no pudiera ser menos, derrepente tenía mas prisa que nadie. Su paso resultaba ridículamente acelerado.
Tendría veintitodos, treinta y alguno, iba trajeado y muy serio. Un ejecutivo agresivo al que se le había olvidado que la función había terminado hacía rato, al salir de la oficina.
Hay gente que tiene la manía de interpretar un papel, el de su vida, de cara a los demás. Gente como los profesores, los padres, los ejecutivos, los policías o incluso los autobuseros. Gente rancia, falsa, que inspira de todo menos ese respeto que esperan conseguir con la pose seria del tipo ocupado con mil responsabilidades al que parece que debemos la vida.
Ya iba unos pasos por delante de mí cuando algo se le calló del bolsillo del pantalón. Parecía un envoltorio, era un envoltorio. Fácilmente reconocible: brillo metálico, plateado por el interior y dorado por el exterior, del tamaño de una moneda de dos euros, redondo y arrugado. Sin duda era el envoltorio de una moneda de chocolate de 20 céntimos.
Me arrancó una sonrisa de ternura el ver aquello desprendiéndose de su agrio dueño.
El aire cargado del metro me asfixiaba, así que comencé a andar más deprisa, y él, más aún.
El trasbordo más desesperante de toda la red de Metro de Madrid.
Cruzamos una esquina y entonces otro envoltorio se escapó se su bolsillo. Esta vez se trataba de un bubaloo de fresa.
Fresa... ¡qué palabra! ¡qué sabor!
miércoles, 8 de octubre de 2008
GORE
Ésto comienza en la cocina de Amaya (no sé por qué la cocinas tienden a convertirse en el lugar de reunión elegido cuando los amigos se reúnen en casa de algún desafortunado), en la que nos encontrábamos las de siempre. Pero en el tramo de la cocina al baño me cruzaba con el hermano de Laura, como si del de Amaya se tratara. Ahí comenzaba mi peculiar desvarío de cada noche.
De casa de Amaya nos dirigimos a una fiesta, una presentación de algún proyecto artístico, llevado a cabo por un amigo común de prácticamente toda la gente que actualmente forma parte de mi vida. Vamos, un batiburrillo de gente conocida para bien o para mal.
De aquello sólo recuerdo el final, cuando cuatro de nosotras, no recuerdo exactamente quienes, nos hicimos una foto posando sobre una enorme escultura como si formáramos parte de ella, muy divinas nosotras.
Volvía a casa con mi madre y Andrea cuando, a las pocas manzanas de llegar, ésta última y yo iniciamos una conversación acerca de un problema que la entristecía. Mi madre continuó caminado mientras que Andrea y yo nos detuvimos para analizar la situación, o más bien para que me informase de cual era. Entonces Andrea dejó de ser Andrea y se convirtió en un chaval, también de mi misma edad, o eso pensaba yo. Y resultó que, el problema que se le planteaba al pobre era que nunca podría conseguir trabajo, porque según iba cumpliendo años su apariencia iba siendo la de un niño cada vez más pequeño. Y ahora me planteo que si ese era su futuro lo de menos sería que consiguiese trabajo o no, habría debido mostrar una mayor preocupación por su corta esperanza de vida.
Supongo que aquello de hacerse pequeño le había llegado al cumplir los veintitrés aproximadamente, porque hora decía tener veinticinco y bien podría haberse hecho pasar por un adolescente de diecisiete.
El caso es que al chaval le preocupaba mucho el tema del trabajo y otro que no me comentó pero que yo daba por sentado: el sexo.
Se ofreció para llevarme a casa en coche, lo cual no era menos absurdo que todo lo anterior porque nos encontrábamos a unos quinientos metros.
Pero ya se sabe cómo son estas cosas y accedí casi por compasión. Y por compasión, mientras él me contaba sus miserias en el coche yo le acariciaba la oreja, porque además su retroceso iba cada vez más rápido y en cuestión de segundos se había convertido en un precioso niño rubio de unos cinco años.
Aunque no fui muy consciente de que dentro de ese cuerpecito de niño de parvulario estaba encerrado un tío de veinticinco años, un tío muy salido.
Y noté enseguida que algo despertaba en él, con sus insinuaciones de ir a su casa. Todo aquello me pareció vomitivo. ¡Ya aparentaba los tres años!
Sin más miramientos le dije que prefería ir andando a casa (el camino se hacía eterno), pero él insistió de forma lasciva y asfixiante.
Yo insistí, él insistió y finalmente me bajé del coche en marcha (un choche precioso, por cierto), dejando allí los zapatos que se quedaron atrapados entre la puerta y el asiento al salir.
El suelo estaba mojado y como siempre en este tipo de situaciones mi incapacidad para correr era absoluta, sin embargo había comenzado una escalofriante persecución.
El retorcido hombre-niño resultó ser un completo acosador, que llegó a amenazarme de muerte. Así que opté por lo más práctico: el “a ver quien llega primero”.
Y como es mi historia creo que es obvio quién llegó primero.
Lo siguiente es macabro cuanto menos, pero fue el resultado de mi peculiar modo de resolver estas cosas.
Yo estaba escondida detrás de un mueble de lo que parecía ser la entrada de la casa, cuando su padre, un hombre con apariencia de crápula, salió nervioso de la habitación situada enfrente, alarmado por no dar con su hijo, cuyo estado a estas alturas debía ser crítico.
Y vaya que si lo era. Ya se percató de ello al darse media vuelta para inspeccionar el resto de la casa en la otra dirección.
Se dio de bruces con lo que debería haber sido el cadáver de su hijo, que permanecía ahorcado, colgando como una lámpara de techo.
Horrorizado fue a deshacer el nudo que oprimía su cuello, cuando el cuerpo de lo que ya casi era un feto se separó de la cabeza cayendo al suelo.
Alrededor, por supuesto, un enorme charco de sangre, todo muy asqueroso.
Y con la lógica de estas cosas el padre fue corriendo a por un vaso de leche para su hijo que se desangraba, o más bien para la cabeza de su hijo, que diabólico, chillaba como un descosido al beber leche y salpicar sangre.
Al fin un poco de coherencia y sentido común les hizo dirigirse al hospital, con intención de arreglar aquel desastre, que increíblemente parecía tener solución.
Yo ya lo tenía todo pensado y escondida en el balcón, asomándome a la calle, hice una llamada para avisar al fetillo sin apaño de que su final estaba cerca, ya me había encargado de ello.
Desde mi situación tenía un plano cenital de la escena, en pause, por cierto. Su coche, antiguo pero muy bien cuidado y de color azul aguamarina esteba justo en frente del factor sorpresa, otro coche diminuto, gris pardo, en cuyo interior esperaba atento un hombre con gabardina y una pistola.
De nuevo el play y el coche de los fugitivos arranca, pero no avanza ni dos metros cuando mi cómplice y salvador sale de su coche y (esto es una imagen surrealista producto del frikismo más absoluto), mientras el resto de los elementos de la imagen permanecen representados desde la misma perspectiva el individuo de la gabardina sale a escena de frente, como si de un plagio del comecocos se tratara, pero dejando además tras de sí una estela de diferentes colores chillones. Solamente gira a la hora de efectuar el disparo, certero, por supuesto.
Y colorín colorado, este sueño se ha acabado.
De casa de Amaya nos dirigimos a una fiesta, una presentación de algún proyecto artístico, llevado a cabo por un amigo común de prácticamente toda la gente que actualmente forma parte de mi vida. Vamos, un batiburrillo de gente conocida para bien o para mal.
De aquello sólo recuerdo el final, cuando cuatro de nosotras, no recuerdo exactamente quienes, nos hicimos una foto posando sobre una enorme escultura como si formáramos parte de ella, muy divinas nosotras.
Volvía a casa con mi madre y Andrea cuando, a las pocas manzanas de llegar, ésta última y yo iniciamos una conversación acerca de un problema que la entristecía. Mi madre continuó caminado mientras que Andrea y yo nos detuvimos para analizar la situación, o más bien para que me informase de cual era. Entonces Andrea dejó de ser Andrea y se convirtió en un chaval, también de mi misma edad, o eso pensaba yo. Y resultó que, el problema que se le planteaba al pobre era que nunca podría conseguir trabajo, porque según iba cumpliendo años su apariencia iba siendo la de un niño cada vez más pequeño. Y ahora me planteo que si ese era su futuro lo de menos sería que consiguiese trabajo o no, habría debido mostrar una mayor preocupación por su corta esperanza de vida.
Supongo que aquello de hacerse pequeño le había llegado al cumplir los veintitrés aproximadamente, porque hora decía tener veinticinco y bien podría haberse hecho pasar por un adolescente de diecisiete.
El caso es que al chaval le preocupaba mucho el tema del trabajo y otro que no me comentó pero que yo daba por sentado: el sexo.
Se ofreció para llevarme a casa en coche, lo cual no era menos absurdo que todo lo anterior porque nos encontrábamos a unos quinientos metros.
Pero ya se sabe cómo son estas cosas y accedí casi por compasión. Y por compasión, mientras él me contaba sus miserias en el coche yo le acariciaba la oreja, porque además su retroceso iba cada vez más rápido y en cuestión de segundos se había convertido en un precioso niño rubio de unos cinco años.
Aunque no fui muy consciente de que dentro de ese cuerpecito de niño de parvulario estaba encerrado un tío de veinticinco años, un tío muy salido.
Y noté enseguida que algo despertaba en él, con sus insinuaciones de ir a su casa. Todo aquello me pareció vomitivo. ¡Ya aparentaba los tres años!
Sin más miramientos le dije que prefería ir andando a casa (el camino se hacía eterno), pero él insistió de forma lasciva y asfixiante.
Yo insistí, él insistió y finalmente me bajé del coche en marcha (un choche precioso, por cierto), dejando allí los zapatos que se quedaron atrapados entre la puerta y el asiento al salir.
El suelo estaba mojado y como siempre en este tipo de situaciones mi incapacidad para correr era absoluta, sin embargo había comenzado una escalofriante persecución.
El retorcido hombre-niño resultó ser un completo acosador, que llegó a amenazarme de muerte. Así que opté por lo más práctico: el “a ver quien llega primero”.
Y como es mi historia creo que es obvio quién llegó primero.
Lo siguiente es macabro cuanto menos, pero fue el resultado de mi peculiar modo de resolver estas cosas.
Yo estaba escondida detrás de un mueble de lo que parecía ser la entrada de la casa, cuando su padre, un hombre con apariencia de crápula, salió nervioso de la habitación situada enfrente, alarmado por no dar con su hijo, cuyo estado a estas alturas debía ser crítico.
Y vaya que si lo era. Ya se percató de ello al darse media vuelta para inspeccionar el resto de la casa en la otra dirección.
Se dio de bruces con lo que debería haber sido el cadáver de su hijo, que permanecía ahorcado, colgando como una lámpara de techo.
Horrorizado fue a deshacer el nudo que oprimía su cuello, cuando el cuerpo de lo que ya casi era un feto se separó de la cabeza cayendo al suelo.
Alrededor, por supuesto, un enorme charco de sangre, todo muy asqueroso.
Y con la lógica de estas cosas el padre fue corriendo a por un vaso de leche para su hijo que se desangraba, o más bien para la cabeza de su hijo, que diabólico, chillaba como un descosido al beber leche y salpicar sangre.
Al fin un poco de coherencia y sentido común les hizo dirigirse al hospital, con intención de arreglar aquel desastre, que increíblemente parecía tener solución.
Yo ya lo tenía todo pensado y escondida en el balcón, asomándome a la calle, hice una llamada para avisar al fetillo sin apaño de que su final estaba cerca, ya me había encargado de ello.
Desde mi situación tenía un plano cenital de la escena, en pause, por cierto. Su coche, antiguo pero muy bien cuidado y de color azul aguamarina esteba justo en frente del factor sorpresa, otro coche diminuto, gris pardo, en cuyo interior esperaba atento un hombre con gabardina y una pistola.
De nuevo el play y el coche de los fugitivos arranca, pero no avanza ni dos metros cuando mi cómplice y salvador sale de su coche y (esto es una imagen surrealista producto del frikismo más absoluto), mientras el resto de los elementos de la imagen permanecen representados desde la misma perspectiva el individuo de la gabardina sale a escena de frente, como si de un plagio del comecocos se tratara, pero dejando además tras de sí una estela de diferentes colores chillones. Solamente gira a la hora de efectuar el disparo, certero, por supuesto.
Y colorín colorado, este sueño se ha acabado.
martes, 30 de septiembre de 2008
MICROHISTORIA II
Detrás de ella una hilera de fuego se acercaba cada vez más deprisa haciendo desaparecer el paisaje desértico, envolviéndolo todo a su paso en una nube roja, de polvo y cenizas.
La imagen de una joven asiática de pelo hasta la cintura vestida de negro se alzaba ante ella para recordarle por qué estaba allí, al mismo tiempo la voz de él, sólo su voz, le llegaba desde el este, como una bocanada de aire helador, cargada de reproches, con lágrimas atragantadas.
Ya era muy poca la distancia entre ella y las llamas, pero ya no podía seguir corriendo, y no sabía si quería.
La imagen de una joven asiática de pelo hasta la cintura vestida de negro se alzaba ante ella para recordarle por qué estaba allí, al mismo tiempo la voz de él, sólo su voz, le llegaba desde el este, como una bocanada de aire helador, cargada de reproches, con lágrimas atragantadas.
Ya era muy poca la distancia entre ella y las llamas, pero ya no podía seguir corriendo, y no sabía si quería.
MICROHISTORIA
Me senté sobre sus hombros y saqué mi catalejo para echar un vistazo. El horizonte parecía infinitamente vacío. Mirases donde mirases todo se veía igual desde aquella, nuestra situación, que podría haber sido perfectamente el mismísimo centro de aquel desierto. Él me miró, deslumbrado por la luz del sol, con un escepticismo que arrastraba desde hacía unas horas. Yo, algo más positiva, pero inevitablemente cansada, me negaba a quedarme allí esperando a que apareciese milagrosamente algún caminante sin camino.
Me bajé y le miré frunciendo el ceño. Le di un beso extravagantemente sonoro y le dije muy seriamente:
-Te miro a la cara y me apetecen unas croquetas.
Y nos encontrábamos en un estado de agotamiento tal que los dos rompimos a reír hasta que caímos al suelo. Y entonces nos vaporizamos.
Me bajé y le miré frunciendo el ceño. Le di un beso extravagantemente sonoro y le dije muy seriamente:
-Te miro a la cara y me apetecen unas croquetas.
Y nos encontrábamos en un estado de agotamiento tal que los dos rompimos a reír hasta que caímos al suelo. Y entonces nos vaporizamos.
jueves, 25 de septiembre de 2008
DIT ÇA
Ella dijo que me quería fuerte, marcando territorio como una loba. Eso fue lo que dijo.
Ahora le parezco demasiado dura, fría y directa. Dice que no empatizo todo lo que debiera y yo no creo deba empatizar con todo.
Dice que a los débiles no les gusto, pero yo también lo soy. Dice que no comparto apenas lo bueno que puedo ofrecer pero que rechazo lo que no quiero con demasiado carácter.
Dice que puedo hacer mucho daño con la palabra, pero ella me conoce y es inmune.
Dice que de él no esperaba tanta fuerza como de mí y puede que por eso él se encierre en sí mismo cuando le duele lo que vivimos. Y eso yo no lo sabía.
Dice que no entiendo, pero es sólo que no quiero verlo igual. Dice que los sueños están muy bien, pero que hay que vivir, y a menudo se contradice en sus afirmaciones, y a menudo actúa en contra de sus principios.
No dice mucho que me quiere, pero eso innecesario.
Ahora le parezco demasiado dura, fría y directa. Dice que no empatizo todo lo que debiera y yo no creo deba empatizar con todo.
Dice que a los débiles no les gusto, pero yo también lo soy. Dice que no comparto apenas lo bueno que puedo ofrecer pero que rechazo lo que no quiero con demasiado carácter.
Dice que puedo hacer mucho daño con la palabra, pero ella me conoce y es inmune.
Dice que de él no esperaba tanta fuerza como de mí y puede que por eso él se encierre en sí mismo cuando le duele lo que vivimos. Y eso yo no lo sabía.
Dice que no entiendo, pero es sólo que no quiero verlo igual. Dice que los sueños están muy bien, pero que hay que vivir, y a menudo se contradice en sus afirmaciones, y a menudo actúa en contra de sus principios.
No dice mucho que me quiere, pero eso innecesario.
jueves, 4 de septiembre de 2008
NORUEGA

El supermercado era de película, pasillos infinitos llenos de toda variedad de productos. Todas las marcas. El sueño del gran consumidor americano.
Pero me daba igual, me estaba meando.
El baño también era de película, de película de terror. Meses después me encontraría con una réplica exacta en una gasolinera cerca de casa.
Estaba prácticamente a oscuras, el techo era exageradamente alto y una estrecha ventana se reía de nosotros desde las alturas. Fuera ya era de noche. Invierno supongo.
De pronto la ventana se rompió al atravesarla una sombra alargada y harapienta. En realidad esa figura ya me era familiar, la había visto en el cine varias veces.
Y como muchas de las criaturas cinematográficas archivadas en mi memoria, ésta tenía simplemente ansias de matar, sin escrúpulos ni razón alguna.
Había un par de chicas más en el servicio que quedaron paralizadas y comprendí la situación. Pero una oportuna vieja meona tuvo en ese preciso instante que abrir la puerta, la cual se cerró haciéndose notar más que nunca. La sombra se volvió hacia mí dibujando en el aire una especie de espiral con lo que debía ser su cabeza.
Me pegué a la puerta y me dije que no iba morir en los servicios de un supermercado. No es que fuese un final triste, todos lo son, supongo. Pero éste era demasiado cutre.
Fuera todo seguía igual, gente comprando, derrochando, para calmar sus ansias de riqueza, estabilidad y bienestar. Y yo acababa de condenar a muerte a dos chicas y una vieja ingenua.
Tenía que salir de allí cuanto antes. No había tiempo para explicaciones. Nadie se creería algo así y sólo me harían perder el tiempo.
Después no recuerdo nada más hasta la primavera. Tan sólo un héroe de película, rubio y en camiseta de tirantes, manchada de sangre y sudor, por supuesto, tirado en el pasillo de los lácteos.
En primavera algo nos llevó volando a mí y a un bobtail a la que parecía nuestra nueva casa en el campo. El centro comercial parecía una fábrica antigua y destartalada, pero aún en funcionamiento.
El perro era mío, y también teníamos una vaca llamada Noruega, de la que se encargaba un veterinario treintañero al que mi madre y yo nos disputábamos.
Vivíamos las dos solas en el paraíso, en una casa prácticamente vacía y llena de luz natural, en mitad de la nada. Y ya era verano.
Pero me daba igual, me estaba meando.
El baño también era de película, de película de terror. Meses después me encontraría con una réplica exacta en una gasolinera cerca de casa.
Estaba prácticamente a oscuras, el techo era exageradamente alto y una estrecha ventana se reía de nosotros desde las alturas. Fuera ya era de noche. Invierno supongo.
De pronto la ventana se rompió al atravesarla una sombra alargada y harapienta. En realidad esa figura ya me era familiar, la había visto en el cine varias veces.
Y como muchas de las criaturas cinematográficas archivadas en mi memoria, ésta tenía simplemente ansias de matar, sin escrúpulos ni razón alguna.
Había un par de chicas más en el servicio que quedaron paralizadas y comprendí la situación. Pero una oportuna vieja meona tuvo en ese preciso instante que abrir la puerta, la cual se cerró haciéndose notar más que nunca. La sombra se volvió hacia mí dibujando en el aire una especie de espiral con lo que debía ser su cabeza.
Me pegué a la puerta y me dije que no iba morir en los servicios de un supermercado. No es que fuese un final triste, todos lo son, supongo. Pero éste era demasiado cutre.
Fuera todo seguía igual, gente comprando, derrochando, para calmar sus ansias de riqueza, estabilidad y bienestar. Y yo acababa de condenar a muerte a dos chicas y una vieja ingenua.
Tenía que salir de allí cuanto antes. No había tiempo para explicaciones. Nadie se creería algo así y sólo me harían perder el tiempo.
Después no recuerdo nada más hasta la primavera. Tan sólo un héroe de película, rubio y en camiseta de tirantes, manchada de sangre y sudor, por supuesto, tirado en el pasillo de los lácteos.
En primavera algo nos llevó volando a mí y a un bobtail a la que parecía nuestra nueva casa en el campo. El centro comercial parecía una fábrica antigua y destartalada, pero aún en funcionamiento.
El perro era mío, y también teníamos una vaca llamada Noruega, de la que se encargaba un veterinario treintañero al que mi madre y yo nos disputábamos.
Vivíamos las dos solas en el paraíso, en una casa prácticamente vacía y llena de luz natural, en mitad de la nada. Y ya era verano.
lunes, 1 de septiembre de 2008
NIEBLA Y SITARES
Con la metálica vibración capaz de atravesarlo todo, característica de las cuerdas del sitar, inundándolo todo en su interior, se arrastraba por aquellos caminos de tierra, en la reserva.Aquel había sido el caritativo y generoso gesto de los colonos, que siglos atrás se apropiaron de aquella región, de aquel continente.Ahora en sus horizontes se perdían los rascacielos, asfixiados y engullidos por la niebla hambrienta, como siempre, que devoraba los pisos más altos.La ciudad se veía absurda desde allí, un prototipo de la civilización estresada, sucia y enferma.Como ciudad podía decir que lo tenía todo. Pero turísticamente no tenía demasiado que ofrecer, le faltaban siglos de cultura occidental. Apenas pudo encontrar el arte que ella había conocido, todo le parecía artificio allí. Todo era demasiado nuevo.Esa fue la razón que la llevó a visitar la reserva. Quería conocer la historia propia de aquel lugar, que era la misma en todas partes, y que podía comprender y disfrutar fácilmente.La idea de progreso que en un tiempo exportara su continente al resto del mundo había sido una completa involución, un fracaso creciente que aún tenía ciertos escrúpulos.
CIRCENS
El lugar era singular, desde luego. El aire estaba cargado.
Las paredes rojas que se le echaban encima y el suelo de baldosas blancas y negras le facilitaban una disposición para la paranoia que le gustaba bastante.
El ambiente le resultaba siniestro y falso, como un circo de payasos alcohólicos y obesos, sudorosos y viciosos, que se caen del monociclo babeando.
La gente que bailaba estaba en un estado de trance al que él no podía acceder, no había tomado suficiente.
Sabía que era capaz de llegar con mucho menos. Pero este no era el lugar.
No le gustaba perder el control, no hasta ese punto, y no estaba en casa.
Justo al final de la noche, cuando por fin se soltó a bailar con los griegos vio algo que se había imaginado cientos de veces pero que nunca pensó presenciar.
Su corazón se partió en mil pedazos y dejó de sentirlo.
Voló, voló tan alto que salió de allí. Se vio del tamaño de una nuez, azul y brillante, llegando a una isla, una casa con jardín, su jardín, sus enredaderas cubriéndolo todo, la fuente de piedra en el centro y los lobos, los negros lobos que le acompañaban a menudo. Estaba atardeciendo.
Cerró los ojos y desapareció.
Las paredes rojas que se le echaban encima y el suelo de baldosas blancas y negras le facilitaban una disposición para la paranoia que le gustaba bastante.
El ambiente le resultaba siniestro y falso, como un circo de payasos alcohólicos y obesos, sudorosos y viciosos, que se caen del monociclo babeando.
La gente que bailaba estaba en un estado de trance al que él no podía acceder, no había tomado suficiente.
Sabía que era capaz de llegar con mucho menos. Pero este no era el lugar.
No le gustaba perder el control, no hasta ese punto, y no estaba en casa.
Justo al final de la noche, cuando por fin se soltó a bailar con los griegos vio algo que se había imaginado cientos de veces pero que nunca pensó presenciar.
Su corazón se partió en mil pedazos y dejó de sentirlo.
Voló, voló tan alto que salió de allí. Se vio del tamaño de una nuez, azul y brillante, llegando a una isla, una casa con jardín, su jardín, sus enredaderas cubriéndolo todo, la fuente de piedra en el centro y los lobos, los negros lobos que le acompañaban a menudo. Estaba atardeciendo.
Cerró los ojos y desapareció.
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