
El supermercado era de película, pasillos infinitos llenos de toda variedad de productos. Todas las marcas. El sueño del gran consumidor americano.
Pero me daba igual, me estaba meando.
El baño también era de película, de película de terror. Meses después me encontraría con una réplica exacta en una gasolinera cerca de casa.
Estaba prácticamente a oscuras, el techo era exageradamente alto y una estrecha ventana se reía de nosotros desde las alturas. Fuera ya era de noche. Invierno supongo.
De pronto la ventana se rompió al atravesarla una sombra alargada y harapienta. En realidad esa figura ya me era familiar, la había visto en el cine varias veces.
Y como muchas de las criaturas cinematográficas archivadas en mi memoria, ésta tenía simplemente ansias de matar, sin escrúpulos ni razón alguna.
Había un par de chicas más en el servicio que quedaron paralizadas y comprendí la situación. Pero una oportuna vieja meona tuvo en ese preciso instante que abrir la puerta, la cual se cerró haciéndose notar más que nunca. La sombra se volvió hacia mí dibujando en el aire una especie de espiral con lo que debía ser su cabeza.
Me pegué a la puerta y me dije que no iba morir en los servicios de un supermercado. No es que fuese un final triste, todos lo son, supongo. Pero éste era demasiado cutre.
Fuera todo seguía igual, gente comprando, derrochando, para calmar sus ansias de riqueza, estabilidad y bienestar. Y yo acababa de condenar a muerte a dos chicas y una vieja ingenua.
Tenía que salir de allí cuanto antes. No había tiempo para explicaciones. Nadie se creería algo así y sólo me harían perder el tiempo.
Después no recuerdo nada más hasta la primavera. Tan sólo un héroe de película, rubio y en camiseta de tirantes, manchada de sangre y sudor, por supuesto, tirado en el pasillo de los lácteos.
En primavera algo nos llevó volando a mí y a un bobtail a la que parecía nuestra nueva casa en el campo. El centro comercial parecía una fábrica antigua y destartalada, pero aún en funcionamiento.
El perro era mío, y también teníamos una vaca llamada Noruega, de la que se encargaba un veterinario treintañero al que mi madre y yo nos disputábamos.
Vivíamos las dos solas en el paraíso, en una casa prácticamente vacía y llena de luz natural, en mitad de la nada. Y ya era verano.
Pero me daba igual, me estaba meando.
El baño también era de película, de película de terror. Meses después me encontraría con una réplica exacta en una gasolinera cerca de casa.
Estaba prácticamente a oscuras, el techo era exageradamente alto y una estrecha ventana se reía de nosotros desde las alturas. Fuera ya era de noche. Invierno supongo.
De pronto la ventana se rompió al atravesarla una sombra alargada y harapienta. En realidad esa figura ya me era familiar, la había visto en el cine varias veces.
Y como muchas de las criaturas cinematográficas archivadas en mi memoria, ésta tenía simplemente ansias de matar, sin escrúpulos ni razón alguna.
Había un par de chicas más en el servicio que quedaron paralizadas y comprendí la situación. Pero una oportuna vieja meona tuvo en ese preciso instante que abrir la puerta, la cual se cerró haciéndose notar más que nunca. La sombra se volvió hacia mí dibujando en el aire una especie de espiral con lo que debía ser su cabeza.
Me pegué a la puerta y me dije que no iba morir en los servicios de un supermercado. No es que fuese un final triste, todos lo son, supongo. Pero éste era demasiado cutre.
Fuera todo seguía igual, gente comprando, derrochando, para calmar sus ansias de riqueza, estabilidad y bienestar. Y yo acababa de condenar a muerte a dos chicas y una vieja ingenua.
Tenía que salir de allí cuanto antes. No había tiempo para explicaciones. Nadie se creería algo así y sólo me harían perder el tiempo.
Después no recuerdo nada más hasta la primavera. Tan sólo un héroe de película, rubio y en camiseta de tirantes, manchada de sangre y sudor, por supuesto, tirado en el pasillo de los lácteos.
En primavera algo nos llevó volando a mí y a un bobtail a la que parecía nuestra nueva casa en el campo. El centro comercial parecía una fábrica antigua y destartalada, pero aún en funcionamiento.
El perro era mío, y también teníamos una vaca llamada Noruega, de la que se encargaba un veterinario treintañero al que mi madre y yo nos disputábamos.
Vivíamos las dos solas en el paraíso, en una casa prácticamente vacía y llena de luz natural, en mitad de la nada. Y ya era verano.
3 comentarios:
jeje, este sueño ya me lo habías contado, siempre me pareció genial lo de la vaca que se llama Noruega.
Me he acordado tambien de alguna vez que hemos dicho que si estuviésemos solas en el mundo lo primero que haríamos sería acudir a un supermercado.
Si, es cierto, morir en los servicios de un supermercado es un final demasiado cutre para White. Tú has de morir por sobredosis siendo estrella del Rock!
Ailovyu
Uhhhhhhhhhh me encantó tu blog te sigo leyendo!
Escribe más enjuta mojamuta.
^_^ (May)
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