Entro en la cocina de mi abuela y como siempre anda a mil cosas. Hoy hay cocido. Odio el cocido. Nunca fui de pucheros, tanta elaboración para algo tan pesado de comer. Pereza, eso es lo que yo asocio con los pucheros.
Antes del cocido unos langostinos a la plancha. Todavía empapados, están esparcidos por el escurridor del fregadero, con su mirada resignada e indiferente.
Miro el bote de sal, no recuerdo haber visto otro en esta casa. Es curioso como cuanto mayores somos, cuantos más cambios ha dado nuestra vida, más nos resistimos a cambiar nada.
Aunque supongo que eso es algo más de las generaciones pasadas.
Me siento en la escalera, junto a la ventana, igual que hace diez años. Para mi abuela fue ayer. Mi madre todavía se refiere a nosotros delante de los abuelos como "los niños".
Ayer le pregunté cuándo íbamos a dejar de ser los niños.
Mi abuela me ofrece ensalada. Tiene huevo. No puedo con el huevo cocido. La puta regla de las gallinas huele exactamente a eso, a regla de gallina.
Así que como es típico de ella me prepara algo que me guste más: un tomate con sal y orégano.
En la cocina de M es otro royo. Susto me observa mientras pelo una naranja, despacio, muy despacio. Soy muy lenta con estas cosas, y lo peor es que me encanta.
Su hermana está haciendo una salsa para la pasta que tiene muy buena pinta. Son las cinco de la tarde.
Aquí todos vamos descalzos. Me gusta la vida de esta gente. Tan natural, tan auténtica.
El ambiente es cálido, aunque el suelo está frío. La música es tierna y va muy bien con la escena.
Ellos comen y yo observo.
No hay nada como estos momentos en compañía en la cocina.
http://es.youtube.com/watch?v=iFLW635B4JU
2 comentarios:
bueno vale de acuerdo..
Buff...creo q no voy a volver a comer huevos en toda mi vida...
Saluda a tu a miga Anna, que veo que ha cerrado su blog :S...
Feliz año!
Publicar un comentario