No debió hacerle mucha gracia que le adelantara.
Eran las diez más que pasadas y yo sabía que iba a llegar mínimo un cuarto de hora tarde, como de costumbre.
Lo tenía todo planeado y llegaba tarde. Es algo superior a mí que arrastro desde cuarto aproximadamente, cuando decidí que las clases de ética (a primera hora, martes y jueves) eran prescindibles.
Ahora todas las clases a primera hora se han vuelto prescindibles y hacer esperar a la gente algo cotidiano.
Dios bendiga a los amigos con coche que te vienen a buscar a casa.
Caminaba lo más deprisa posible, todo lo rápido que uno puede caminar sin que se pueda decir que corre.
Entonces él me adelantó como si no pudiera ser menos, derrepente tenía mas prisa que nadie. Su paso resultaba ridículamente acelerado.
Tendría veintitodos, treinta y alguno, iba trajeado y muy serio. Un ejecutivo agresivo al que se le había olvidado que la función había terminado hacía rato, al salir de la oficina.
Hay gente que tiene la manía de interpretar un papel, el de su vida, de cara a los demás. Gente como los profesores, los padres, los ejecutivos, los policías o incluso los autobuseros. Gente rancia, falsa, que inspira de todo menos ese respeto que esperan conseguir con la pose seria del tipo ocupado con mil responsabilidades al que parece que debemos la vida.
Ya iba unos pasos por delante de mí cuando algo se le calló del bolsillo del pantalón. Parecía un envoltorio, era un envoltorio. Fácilmente reconocible: brillo metálico, plateado por el interior y dorado por el exterior, del tamaño de una moneda de dos euros, redondo y arrugado. Sin duda era el envoltorio de una moneda de chocolate de 20 céntimos.
Me arrancó una sonrisa de ternura el ver aquello desprendiéndose de su agrio dueño.
El aire cargado del metro me asfixiaba, así que comencé a andar más deprisa, y él, más aún.
El trasbordo más desesperante de toda la red de Metro de Madrid.
Cruzamos una esquina y entonces otro envoltorio se escapó se su bolsillo. Esta vez se trataba de un bubaloo de fresa.
Fresa... ¡qué palabra! ¡qué sabor!
4 comentarios:
Hasta el diablo (¿prescindible?) tiene su corazoncito.
Mientras no se le caiga un pedete como el que me encontré yo...
Me quedo con lo de los polis y los bomberos...ahora ha surgido una nueva especie...los vigilantes esos de trafico...se creen los sherrif de Madrid (eso si interpretan su papel de sopla pollas muy bien...), me dan asco, el otro día tuve una guerra visual en pleno bilbao con uno de ellos, el me miraba yo le quitaba la mirada, yo le miraba y el me la devolvia...APASIONANTEEEEEEE...
(Muy Paris Jat aime, Chamberi Je aime)
jajjaj eres un chiste
Los bolsillos hablaban por el, amargo por fuera, dulce por dentro.
un lobo ácido
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