Me senté sobre sus hombros y saqué mi catalejo para echar un vistazo. El horizonte parecía infinitamente vacío. Mirases donde mirases todo se veía igual desde aquella, nuestra situación, que podría haber sido perfectamente el mismísimo centro de aquel desierto. Él me miró, deslumbrado por la luz del sol, con un escepticismo que arrastraba desde hacía unas horas. Yo, algo más positiva, pero inevitablemente cansada, me negaba a quedarme allí esperando a que apareciese milagrosamente algún caminante sin camino.
Me bajé y le miré frunciendo el ceño. Le di un beso extravagantemente sonoro y le dije muy seriamente:
-Te miro a la cara y me apetecen unas croquetas.
Y nos encontrábamos en un estado de agotamiento tal que los dos rompimos a reír hasta que caímos al suelo. Y entonces nos vaporizamos.
3 comentarios:
Es buenísimo, un estilo Dalí muy psicodélico. Me gusta!!!!
oiiiiiis
jajajajaja
Caminante no hay camino, se hace camino al andar
Publicar un comentario