Ésto comienza en la cocina de Amaya (no sé por qué la cocinas tienden a convertirse en el lugar de reunión elegido cuando los amigos se reúnen en casa de algún desafortunado), en la que nos encontrábamos las de siempre. Pero en el tramo de la cocina al baño me cruzaba con el hermano de Laura, como si del de Amaya se tratara. Ahí comenzaba mi peculiar desvarío de cada noche.
De casa de Amaya nos dirigimos a una fiesta, una presentación de algún proyecto artístico, llevado a cabo por un amigo común de prácticamente toda la gente que actualmente forma parte de mi vida. Vamos, un batiburrillo de gente conocida para bien o para mal.
De aquello sólo recuerdo el final, cuando cuatro de nosotras, no recuerdo exactamente quienes, nos hicimos una foto posando sobre una enorme escultura como si formáramos parte de ella, muy divinas nosotras.
Volvía a casa con mi madre y Andrea cuando, a las pocas manzanas de llegar, ésta última y yo iniciamos una conversación acerca de un problema que la entristecía. Mi madre continuó caminado mientras que Andrea y yo nos detuvimos para analizar la situación, o más bien para que me informase de cual era. Entonces Andrea dejó de ser Andrea y se convirtió en un chaval, también de mi misma edad, o eso pensaba yo. Y resultó que, el problema que se le planteaba al pobre era que nunca podría conseguir trabajo, porque según iba cumpliendo años su apariencia iba siendo la de un niño cada vez más pequeño. Y ahora me planteo que si ese era su futuro lo de menos sería que consiguiese trabajo o no, habría debido mostrar una mayor preocupación por su corta esperanza de vida.
Supongo que aquello de hacerse pequeño le había llegado al cumplir los veintitrés aproximadamente, porque hora decía tener veinticinco y bien podría haberse hecho pasar por un adolescente de diecisiete.
El caso es que al chaval le preocupaba mucho el tema del trabajo y otro que no me comentó pero que yo daba por sentado: el sexo.
Se ofreció para llevarme a casa en coche, lo cual no era menos absurdo que todo lo anterior porque nos encontrábamos a unos quinientos metros.
Pero ya se sabe cómo son estas cosas y accedí casi por compasión. Y por compasión, mientras él me contaba sus miserias en el coche yo le acariciaba la oreja, porque además su retroceso iba cada vez más rápido y en cuestión de segundos se había convertido en un precioso niño rubio de unos cinco años.
Aunque no fui muy consciente de que dentro de ese cuerpecito de niño de parvulario estaba encerrado un tío de veinticinco años, un tío muy salido.
Y noté enseguida que algo despertaba en él, con sus insinuaciones de ir a su casa. Todo aquello me pareció vomitivo. ¡Ya aparentaba los tres años!
Sin más miramientos le dije que prefería ir andando a casa (el camino se hacía eterno), pero él insistió de forma lasciva y asfixiante.
Yo insistí, él insistió y finalmente me bajé del coche en marcha (un choche precioso, por cierto), dejando allí los zapatos que se quedaron atrapados entre la puerta y el asiento al salir.
El suelo estaba mojado y como siempre en este tipo de situaciones mi incapacidad para correr era absoluta, sin embargo había comenzado una escalofriante persecución.
El retorcido hombre-niño resultó ser un completo acosador, que llegó a amenazarme de muerte. Así que opté por lo más práctico: el “a ver quien llega primero”.
Y como es mi historia creo que es obvio quién llegó primero.
Lo siguiente es macabro cuanto menos, pero fue el resultado de mi peculiar modo de resolver estas cosas.
Yo estaba escondida detrás de un mueble de lo que parecía ser la entrada de la casa, cuando su padre, un hombre con apariencia de crápula, salió nervioso de la habitación situada enfrente, alarmado por no dar con su hijo, cuyo estado a estas alturas debía ser crítico.
Y vaya que si lo era. Ya se percató de ello al darse media vuelta para inspeccionar el resto de la casa en la otra dirección.
Se dio de bruces con lo que debería haber sido el cadáver de su hijo, que permanecía ahorcado, colgando como una lámpara de techo.
Horrorizado fue a deshacer el nudo que oprimía su cuello, cuando el cuerpo de lo que ya casi era un feto se separó de la cabeza cayendo al suelo.
Alrededor, por supuesto, un enorme charco de sangre, todo muy asqueroso.
Y con la lógica de estas cosas el padre fue corriendo a por un vaso de leche para su hijo que se desangraba, o más bien para la cabeza de su hijo, que diabólico, chillaba como un descosido al beber leche y salpicar sangre.
Al fin un poco de coherencia y sentido común les hizo dirigirse al hospital, con intención de arreglar aquel desastre, que increíblemente parecía tener solución.
Yo ya lo tenía todo pensado y escondida en el balcón, asomándome a la calle, hice una llamada para avisar al fetillo sin apaño de que su final estaba cerca, ya me había encargado de ello.
Desde mi situación tenía un plano cenital de la escena, en pause, por cierto. Su coche, antiguo pero muy bien cuidado y de color azul aguamarina esteba justo en frente del factor sorpresa, otro coche diminuto, gris pardo, en cuyo interior esperaba atento un hombre con gabardina y una pistola.
De nuevo el play y el coche de los fugitivos arranca, pero no avanza ni dos metros cuando mi cómplice y salvador sale de su coche y (esto es una imagen surrealista producto del frikismo más absoluto), mientras el resto de los elementos de la imagen permanecen representados desde la misma perspectiva el individuo de la gabardina sale a escena de frente, como si de un plagio del comecocos se tratara, pero dejando además tras de sí una estela de diferentes colores chillones. Solamente gira a la hora de efectuar el disparo, certero, por supuesto.
Y colorín colorado, este sueño se ha acabado.