jueves, 30 de octubre de 2008

CHICA FÁCIL


Iba caminando por la calle cuando le vio de lejos. Se le acercó por detrás.

-¡Chinchírribin! ¡Qué tenemos aquí!

Se giró y con una de esas sonrisas tontas que caracterizan este tipo de sorpresas desconcertantes le preguntó:

-¿Chinchírribin?

-Mary Poppins -respondió ella.- Cuando se encuentran con Dick van Dyke y se van de paseo. Sí hombre. Que se sientan a tomar algo en una terracita y los camareros son pingüinos que cantan y bailan. No puedes olvidar esa escena.

-Ehhh...sí, pero por qué... ?

-Pues que estabas aquí en la plaza y me he acordado de esa escena y eso, no sé.

-Eso y que llevas un pedo fino.

Y entonces ella sintió la vergüenza del ebrio que se cruza con el sobrio al que ve todos los días en circunstancias muy diferentes.

Hablaron un rato. Sus amigos habían entrado en el mismo local. Él había salido para respirar un poco de aire y ella sencillamente no llegó a entrar.

Pasada la media hora el frío les hizo volver al mundo real y abandonar el coqueteo para plantearse lo de reunirse con sus colegas.

Una vez dentro continuaron en su pompa de "me gustas pero te lo vas tener que currar un poquito más". Y aquello parecía infinito. Ella se lo estaba poniendo refácil. Y no es que no le gustara el juego de la seducción, pero no tenía paciencia con estas cosas.

Si le gustaba lo quería ya.

Él se hacía de rogar. Sabía que si la dejaba con las ganas no habría perdido su oportunidad. Pero le apetecía jugar con ella, y que se rindiera, que confesara.

-Te invito. Venga, ¿qué quieres?

-Lo que quieras tú. Voy al baño.

Increíblemente la cola para entrar en el de los tíos era considerablemente mayor que la del de las tías, pero ambas se unían en un estrecho pasillo antes de bifurcarse.

Delante de ella un par de pijas sumergidas en infinitas capas de maquillaje comentaban el terrible estado de sus zapatos "hipermanchados" de "vete tú a saber que mierda. Que la gente es super desconsiderada tía. Podrían mirar por dónde pisan", etc, etc.

Detrás un tipo que no iba en mejor estado que ella, y que le rozaba peligrosamente la falda con el pantalón, comenzaba a crear un ambiente de tensión sexual que hizo que se olvidara de la copa y el principal candidato a una noche de sexo asegurado que la esperaban en el piso de arriba.
Con éste la cosa estaba más fácil, así que cuando le llegó el turno de entrar le cogió de la mano y le obligó a meterse con ella.



lunes, 27 de octubre de 2008

VIAJE LIGERO

-¿ Imaginas vivir por el mundo?
-¿Cómo por el mundo?
-Sí, en el mundo.
-Ah, claro. Yo vivo en el mundo por el agua.
-¿Cómo por el agua?
-Con ella.
-¿Vas con el agua?
-La persigo. O mejor dicho, fluyo tras ella.
-Yo vivo en horizontes de nubes.
-¿Y cómo es aquello?
-Cada tarde despierto entre violetas impregnados de cálidos naranjas. Son el séquito del Reino del Sol. Y cuando ya se han marchado, me subo a las estrellas y observo desde allí.
-¿Y qué observas?
-A ti.

FIN DE LA SEGUNDA PARTE

Tengo miedo. La tarde es gris y la tristezadel cielo se abre como una boca de muerto.
Aquella tarde el cielo se abrió más que nunca, por ti, que callabas.
Te fuiste en silencio, cuando quedaban tantas cosas por decir que ya no se dirán. Cuando el final vino por sí solo y con un preaviso de casi la mitad de nuestro tiempo. Yo hablé y los dos asentimos. Yo hablé y tú no sentías.
Con un nudo en la garganta nos levantamos y nos dimos la espalda, y nos hicimos un favor.
Aunque tienes un absurdo empeño en rejuvenecer día tras día.

domingo, 26 de octubre de 2008

DESENGAÑO


Supongo que eso de los desengaños amorosos es consecuencia de los autoengaños amororsos.
Y que los autoengaños amororsos derivan de la necesidad de estar con alguien.
Así que aprende a estar solo, cojón!

sábado, 25 de octubre de 2008

AÑO NUEVO, VIDA NUEVA

- ¿Cuántos años teneis?
- Ñaaaaaaa... ¿Qué más da?
Joder claro que no da igual. No para ti.
Y en tu cama somos tres, intentando dormir.
Pero el alcohol está por todas partes y tu casa me enferma.
Y cuando llego a la mía soy tan feliz, tan tan feliz... ay, que me caigo y no despierto.

jueves, 23 de octubre de 2008

LOLIPOP MAN

No debió hacerle mucha gracia que le adelantara.
Eran las diez más que pasadas y yo sabía que iba a llegar mínimo un cuarto de hora tarde, como de costumbre.
Lo tenía todo planeado y llegaba tarde. Es algo superior a mí que arrastro desde cuarto aproximadamente, cuando decidí que las clases de ética (a primera hora, martes y jueves) eran prescindibles.
Ahora todas las clases a primera hora se han vuelto prescindibles y hacer esperar a la gente algo cotidiano.
Dios bendiga a los amigos con coche que te vienen a buscar a casa.

Caminaba lo más deprisa posible, todo lo rápido que uno puede caminar sin que se pueda decir que corre.
Entonces él me adelantó como si no pudiera ser menos, derrepente tenía mas prisa que nadie. Su paso resultaba ridículamente acelerado.
Tendría veintitodos, treinta y alguno, iba trajeado y muy serio. Un ejecutivo agresivo al que se le había olvidado que la función había terminado hacía rato, al salir de la oficina.
Hay gente que tiene la manía de interpretar un papel, el de su vida, de cara a los demás. Gente como los profesores, los padres, los ejecutivos, los policías o incluso los autobuseros. Gente rancia, falsa, que inspira de todo menos ese respeto que esperan conseguir con la pose seria del tipo ocupado con mil responsabilidades al que parece que debemos la vida.
Ya iba unos pasos por delante de mí cuando algo se le calló del bolsillo del pantalón. Parecía un envoltorio, era un envoltorio. Fácilmente reconocible: brillo metálico, plateado por el interior y dorado por el exterior, del tamaño de una moneda de dos euros, redondo y arrugado. Sin duda era el envoltorio de una moneda de chocolate de 20 céntimos.
Me arrancó una sonrisa de ternura el ver aquello desprendiéndose de su agrio dueño.
El aire cargado del metro me asfixiaba, así que comencé a andar más deprisa, y él, más aún.
El trasbordo más desesperante de toda la red de Metro de Madrid.
Cruzamos una esquina y entonces otro envoltorio se escapó se su bolsillo. Esta vez se trataba de un bubaloo de fresa.

Fresa... ¡qué palabra! ¡qué sabor!

miércoles, 8 de octubre de 2008

GORE

Ésto comienza en la cocina de Amaya (no sé por qué la cocinas tienden a convertirse en el lugar de reunión elegido cuando los amigos se reúnen en casa de algún desafortunado), en la que nos encontrábamos las de siempre. Pero en el tramo de la cocina al baño me cruzaba con el hermano de Laura, como si del de Amaya se tratara. Ahí comenzaba mi peculiar desvarío de cada noche.
De casa de Amaya nos dirigimos a una fiesta, una presentación de algún proyecto artístico, llevado a cabo por un amigo común de prácticamente toda la gente que actualmente forma parte de mi vida. Vamos, un batiburrillo de gente conocida para bien o para mal.
De aquello sólo recuerdo el final, cuando cuatro de nosotras, no recuerdo exactamente quienes, nos hicimos una foto posando sobre una enorme escultura como si formáramos parte de ella, muy divinas nosotras.
Volvía a casa con mi madre y Andrea cuando, a las pocas manzanas de llegar, ésta última y yo iniciamos una conversación acerca de un problema que la entristecía. Mi madre continuó caminado mientras que Andrea y yo nos detuvimos para analizar la situación, o más bien para que me informase de cual era. Entonces Andrea dejó de ser Andrea y se convirtió en un chaval, también de mi misma edad, o eso pensaba yo. Y resultó que, el problema que se le planteaba al pobre era que nunca podría conseguir trabajo, porque según iba cumpliendo años su apariencia iba siendo la de un niño cada vez más pequeño. Y ahora me planteo que si ese era su futuro lo de menos sería que consiguiese trabajo o no, habría debido mostrar una mayor preocupación por su corta esperanza de vida.
Supongo que aquello de hacerse pequeño le había llegado al cumplir los veintitrés aproximadamente, porque hora decía tener veinticinco y bien podría haberse hecho pasar por un adolescente de diecisiete.
El caso es que al chaval le preocupaba mucho el tema del trabajo y otro que no me comentó pero que yo daba por sentado: el sexo.
Se ofreció para llevarme a casa en coche, lo cual no era menos absurdo que todo lo anterior porque nos encontrábamos a unos quinientos metros.
Pero ya se sabe cómo son estas cosas y accedí casi por compasión. Y por compasión, mientras él me contaba sus miserias en el coche yo le acariciaba la oreja, porque además su retroceso iba cada vez más rápido y en cuestión de segundos se había convertido en un precioso niño rubio de unos cinco años.
Aunque no fui muy consciente de que dentro de ese cuerpecito de niño de parvulario estaba encerrado un tío de veinticinco años, un tío muy salido.
Y noté enseguida que algo despertaba en él, con sus insinuaciones de ir a su casa. Todo aquello me pareció vomitivo. ¡Ya aparentaba los tres años!
Sin más miramientos le dije que prefería ir andando a casa (el camino se hacía eterno), pero él insistió de forma lasciva y asfixiante.
Yo insistí, él insistió y finalmente me bajé del coche en marcha (un choche precioso, por cierto), dejando allí los zapatos que se quedaron atrapados entre la puerta y el asiento al salir.
El suelo estaba mojado y como siempre en este tipo de situaciones mi incapacidad para correr era absoluta, sin embargo había comenzado una escalofriante persecución.
El retorcido hombre-niño resultó ser un completo acosador, que llegó a amenazarme de muerte. Así que opté por lo más práctico: el “a ver quien llega primero”.
Y como es mi historia creo que es obvio quién llegó primero.
Lo siguiente es macabro cuanto menos, pero fue el resultado de mi peculiar modo de resolver estas cosas.
Yo estaba escondida detrás de un mueble de lo que parecía ser la entrada de la casa, cuando su padre, un hombre con apariencia de crápula, salió nervioso de la habitación situada enfrente, alarmado por no dar con su hijo, cuyo estado a estas alturas debía ser crítico.
Y vaya que si lo era. Ya se percató de ello al darse media vuelta para inspeccionar el resto de la casa en la otra dirección.
Se dio de bruces con lo que debería haber sido el cadáver de su hijo, que permanecía ahorcado, colgando como una lámpara de techo.
Horrorizado fue a deshacer el nudo que oprimía su cuello, cuando el cuerpo de lo que ya casi era un feto se separó de la cabeza cayendo al suelo.
Alrededor, por supuesto, un enorme charco de sangre, todo muy asqueroso.
Y con la lógica de estas cosas el padre fue corriendo a por un vaso de leche para su hijo que se desangraba, o más bien para la cabeza de su hijo, que diabólico, chillaba como un descosido al beber leche y salpicar sangre.
Al fin un poco de coherencia y sentido común les hizo dirigirse al hospital, con intención de arreglar aquel desastre, que increíblemente parecía tener solución.
Yo ya lo tenía todo pensado y escondida en el balcón, asomándome a la calle, hice una llamada para avisar al fetillo sin apaño de que su final estaba cerca, ya me había encargado de ello.
Desde mi situación tenía un plano cenital de la escena, en pause, por cierto. Su coche, antiguo pero muy bien cuidado y de color azul aguamarina esteba justo en frente del factor sorpresa, otro coche diminuto, gris pardo, en cuyo interior esperaba atento un hombre con gabardina y una pistola.
De nuevo el play y el coche de los fugitivos arranca, pero no avanza ni dos metros cuando mi cómplice y salvador sale de su coche y (esto es una imagen surrealista producto del frikismo más absoluto), mientras el resto de los elementos de la imagen permanecen representados desde la misma perspectiva el individuo de la gabardina sale a escena de frente, como si de un plagio del comecocos se tratara, pero dejando además tras de sí una estela de diferentes colores chillones. Solamente gira a la hora de efectuar el disparo, certero, por supuesto.
Y colorín colorado, este sueño se ha acabado.