martes, 30 de septiembre de 2008

MICROHISTORIA II

Detrás de ella una hilera de fuego se acercaba cada vez más deprisa haciendo desaparecer el paisaje desértico, envolviéndolo todo a su paso en una nube roja, de polvo y cenizas.
La imagen de una joven asiática de pelo hasta la cintura vestida de negro se alzaba ante ella para recordarle por qué estaba allí, al mismo tiempo la voz de él, sólo su voz, le llegaba desde el este, como una bocanada de aire helador, cargada de reproches, con lágrimas atragantadas.
Ya era muy poca la distancia entre ella y las llamas, pero ya no podía seguir corriendo, y no sabía si quería.

MICROHISTORIA

Me senté sobre sus hombros y saqué mi catalejo para echar un vistazo. El horizonte parecía infinitamente vacío. Mirases donde mirases todo se veía igual desde aquella, nuestra situación, que podría haber sido perfectamente el mismísimo centro de aquel desierto. Él me miró, deslumbrado por la luz del sol, con un escepticismo que arrastraba desde hacía unas horas. Yo, algo más positiva, pero inevitablemente cansada, me negaba a quedarme allí esperando a que apareciese milagrosamente algún caminante sin camino.
Me bajé y le miré frunciendo el ceño. Le di un beso extravagantemente sonoro y le dije muy seriamente:
-Te miro a la cara y me apetecen unas croquetas.
Y nos encontrábamos en un estado de agotamiento tal que los dos rompimos a reír hasta que caímos al suelo. Y entonces nos vaporizamos.

jueves, 25 de septiembre de 2008

DIT ÇA

Ella dijo que me quería fuerte, marcando territorio como una loba. Eso fue lo que dijo.
Ahora le parezco demasiado dura, fría y directa. Dice que no empatizo todo lo que debiera y yo no creo deba empatizar con todo.
Dice que a los débiles no les gusto, pero yo también lo soy. Dice que no comparto apenas lo bueno que puedo ofrecer pero que rechazo lo que no quiero con demasiado carácter.
Dice que puedo hacer mucho daño con la palabra, pero ella me conoce y es inmune.
Dice que de él no esperaba tanta fuerza como de mí y puede que por eso él se encierre en sí mismo cuando le duele lo que vivimos. Y eso yo no lo sabía.
Dice que no entiendo, pero es sólo que no quiero verlo igual. Dice que los sueños están muy bien, pero que hay que vivir, y a menudo se contradice en sus afirmaciones, y a menudo actúa en contra de sus principios.
No dice mucho que me quiere, pero eso innecesario.

jueves, 4 de septiembre de 2008

NORUEGA


El supermercado era de película, pasillos infinitos llenos de toda variedad de productos. Todas las marcas. El sueño del gran consumidor americano.
Pero me daba igual, me estaba meando.
El baño también era de película, de película de terror. Meses después me encontraría con una réplica exacta en una gasolinera cerca de casa.
Estaba prácticamente a oscuras, el techo era exageradamente alto y una estrecha ventana se reía de nosotros desde las alturas. Fuera ya era de noche. Invierno supongo.
De pronto la ventana se rompió al atravesarla una sombra alargada y harapienta. En realidad esa figura ya me era familiar, la había visto en el cine varias veces.
Y como muchas de las criaturas cinematográficas archivadas en mi memoria, ésta tenía simplemente ansias de matar, sin escrúpulos ni razón alguna.
Había un par de chicas más en el servicio que quedaron paralizadas y comprendí la situación. Pero una oportuna vieja meona tuvo en ese preciso instante que abrir la puerta, la cual se cerró haciéndose notar más que nunca. La sombra se volvió hacia mí dibujando en el aire una especie de espiral con lo que debía ser su cabeza.
Me pegué a la puerta y me dije que no iba morir en los servicios de un supermercado. No es que fuese un final triste, todos lo son, supongo. Pero éste era demasiado cutre.
Fuera todo seguía igual, gente comprando, derrochando, para calmar sus ansias de riqueza, estabilidad y bienestar. Y yo acababa de condenar a muerte a dos chicas y una vieja ingenua.
Tenía que salir de allí cuanto antes. No había tiempo para explicaciones. Nadie se creería algo así y sólo me harían perder el tiempo.
Después no recuerdo nada más hasta la primavera. Tan sólo un héroe de película, rubio y en camiseta de tirantes, manchada de sangre y sudor, por supuesto, tirado en el pasillo de los lácteos.
En primavera algo nos llevó volando a mí y a un bobtail a la que parecía nuestra nueva casa en el campo. El centro comercial parecía una fábrica antigua y destartalada, pero aún en funcionamiento.
El perro era mío, y también teníamos una vaca llamada Noruega, de la que se encargaba un veterinario treintañero al que mi madre y yo nos disputábamos.
Vivíamos las dos solas en el paraíso, en una casa prácticamente vacía y llena de luz natural, en mitad de la nada. Y ya era verano.

lunes, 1 de septiembre de 2008

NIEBLA Y SITARES

Con la metálica vibración capaz de atravesarlo todo, característica de las cuerdas del sitar, inundándolo todo en su interior, se arrastraba por aquellos caminos de tierra, en la reserva.Aquel había sido el caritativo y generoso gesto de los colonos, que siglos atrás se apropiaron de aquella región, de aquel continente.Ahora en sus horizontes se perdían los rascacielos, asfixiados y engullidos por la niebla hambrienta, como siempre, que devoraba los pisos más altos.La ciudad se veía absurda desde allí, un prototipo de la civilización estresada, sucia y enferma.Como ciudad podía decir que lo tenía todo. Pero turísticamente no tenía demasiado que ofrecer, le faltaban siglos de cultura occidental. Apenas pudo encontrar el arte que ella había conocido, todo le parecía artificio allí. Todo era demasiado nuevo.Esa fue la razón que la llevó a visitar la reserva. Quería conocer la historia propia de aquel lugar, que era la misma en todas partes, y que podía comprender y disfrutar fácilmente.La idea de progreso que en un tiempo exportara su continente al resto del mundo había sido una completa involución, un fracaso creciente que aún tenía ciertos escrúpulos.

CIRCENS

El lugar era singular, desde luego. El aire estaba cargado.
Las paredes rojas que se le echaban encima y el suelo de baldosas blancas y negras le facilitaban una disposición para la paranoia que le gustaba bastante.
El ambiente le resultaba siniestro y falso, como un circo de payasos alcohólicos y obesos, sudorosos y viciosos, que se caen del monociclo babeando.
La gente que bailaba estaba en un estado de trance al que él no podía acceder, no había tomado suficiente.
Sabía que era capaz de llegar con mucho menos. Pero este no era el lugar.
No le gustaba perder el control, no hasta ese punto, y no estaba en casa.
Justo al final de la noche, cuando por fin se soltó a bailar con los griegos vio algo que se había imaginado cientos de veces pero que nunca pensó presenciar.
Su corazón se partió en mil pedazos y dejó de sentirlo.
Voló, voló tan alto que salió de allí. Se vio del tamaño de una nuez, azul y brillante, llegando a una isla, una casa con jardín, su jardín, sus enredaderas cubriéndolo todo, la fuente de piedra en el centro y los lobos, los negros lobos que le acompañaban a menudo. Estaba atardeciendo.
Cerró los ojos y desapareció.