
Había fiesta en la universidad. El campus no era sino el parque de Villa Rosa, algo más verde y repleto de jóvenes bebiendo en grupos.
Poco a poco fue recuperando su forma natural, con más niños jugando al fútbol y menos botellón. Pero allí estaban ellos, los chicos del San Juan.
Sabía por qué estaban allí. Se traían entre manos algún trapicheo. Por encargo, trabajaban para unos tipos que estaban metidos en tráfico de drogas a un nivel importante.
Aquello les superaba. Nos superaba a todos.
Aún así L y yo habíamos ido a boicotearles y de paso hacernos con el preciado botín.
Les vigilábamos cuando me distraje y mi vista fue a dar con una batería infantil, perfectamente montada y de brillante purpurina azul.
Ahí estaba, en mitad del parque, ante nuestros ojos.
L y yo (que ahora éramos A y yo) nos dirigimos hacia ella y saqué del bombo un caramelo, que me guardé en el bolso junto con el disco del grupo de su hermana, que me acababa de prestar.
Nuestros amigos no tardaron en percatarse de que nos habíamos adelantado y, aunque ya salíamos del parque a la fuga, la verdad era que no les llevábamos tanta ventaja.
Llegamos a un pequeño aparcamiento y le dije a A que se largara. Al fin y al cabo era yo quien tenía lo que buscaban.
La vi desaparecer bajando unas escaleras que conducían a una calle paralela, entre los edificios que rodeaban el aparcamiento.
Bloqueada por los nervios escondí el caramelo y el disco bajo una furgoneta rosa claro, aparcada fuera de la vista de nuestros perseguidores, que a punto estaban de cruzar la esquina.
Cuando me alcanzaron reclamaban lo que en realidad era más suyo que mío.
Intenté convencerles de que no lo tenía, pero uno de ellos, O, sacó una navaja y se avalanzó sobre mí. Por lo visto estaban realmente jodidos si no se hacían con el caramelo.
J, quien podría decirse que en otra vida fuera mi novio, salió en mi defensa. O se apartó y señalé con la mirada la furgoneta, sin decir una palabra. Hizo una llamada y se fueron, quedándose J para vigilarnos a mí y a su preciada mecancía.
Estuvimos hablando un poco de todo y de nada mientras les esperábamos. Entramos en unos chinos que había cerca a comprar algo de beber y cuando salimos ya estaban de vuelta.
Llegaron apretujados en un coche blanco de los noventa.
En la parte de adelante iban los jefes del cotarro, uno de los cuales guardaba gran parecido con Mark Ronson. Podían intentar disimular con el coche, pero vestían demasiado bien para estar en un lugar como aquel con una gente como nosotros.
Al bajar del coche y ver que allí no había ni furgoneta ni caramelo pude oler el miedo de mis antiguos compañeros de instituto y la irritación de aquellos tipos con pinta de productores neoyorkinos arrastrados hasta allí para nada.
El CD tampoco estaba, así que supuse que A andaba cerca.
Aproveché el momento de confusión general y la discusión consiguiente para salir de allí.
Crucé la esquina y me di de bruces con A.
Ya está bien. No tenemos por qué hacer ésto. Deshazte de esa mierda.
Me dó el disco y el caramelo y los guardé de nuevo en mi bolso.
Un par de calles más allá tiré el caramelo a unos arbustos, atenta de dónde caía por si el arrepentimiento llegaba más tarde.
Pero se le adelantó mi mala suerte a la hora de escapar.
Por la izquierda, el coche seguía mi paso. Dentro, el otro tío me apuntaba con una pistola. Hizo un gesto con la cabeza en dirección a los arbustos.
Recogí el caramelo y me dirigí al cohe. Él abrió la puerta del copiloto.
Entré y examiné el dulce antes de dárselo. Era una una vulgar piruleta de fresa.
Con el mutismo de quien se sabe con el control de la situación le quitó el plástico y se la metió en la boca.
Allí permanecimos un rato, sentados en silencio. Él saboreaba la piruleta espectante y yo había comenzado a sentir una atracción suicida por él. Le observaba como si fuese el primer hombre que veía en mi vida, prestando especial atención a lo bien que le quedaba la barba.
Quería que me mirara.
Es demasiado para ser éxtasis, dijo.
Sonreía. Me miró y en sus ojos había un brillo sobrenatural.
Poco a poco fue recuperando su forma natural, con más niños jugando al fútbol y menos botellón. Pero allí estaban ellos, los chicos del San Juan.
Sabía por qué estaban allí. Se traían entre manos algún trapicheo. Por encargo, trabajaban para unos tipos que estaban metidos en tráfico de drogas a un nivel importante.
Aquello les superaba. Nos superaba a todos.
Aún así L y yo habíamos ido a boicotearles y de paso hacernos con el preciado botín.
Les vigilábamos cuando me distraje y mi vista fue a dar con una batería infantil, perfectamente montada y de brillante purpurina azul.
Ahí estaba, en mitad del parque, ante nuestros ojos.
L y yo (que ahora éramos A y yo) nos dirigimos hacia ella y saqué del bombo un caramelo, que me guardé en el bolso junto con el disco del grupo de su hermana, que me acababa de prestar.
Nuestros amigos no tardaron en percatarse de que nos habíamos adelantado y, aunque ya salíamos del parque a la fuga, la verdad era que no les llevábamos tanta ventaja.
Llegamos a un pequeño aparcamiento y le dije a A que se largara. Al fin y al cabo era yo quien tenía lo que buscaban.
La vi desaparecer bajando unas escaleras que conducían a una calle paralela, entre los edificios que rodeaban el aparcamiento.
Bloqueada por los nervios escondí el caramelo y el disco bajo una furgoneta rosa claro, aparcada fuera de la vista de nuestros perseguidores, que a punto estaban de cruzar la esquina.
Cuando me alcanzaron reclamaban lo que en realidad era más suyo que mío.
Intenté convencerles de que no lo tenía, pero uno de ellos, O, sacó una navaja y se avalanzó sobre mí. Por lo visto estaban realmente jodidos si no se hacían con el caramelo.
J, quien podría decirse que en otra vida fuera mi novio, salió en mi defensa. O se apartó y señalé con la mirada la furgoneta, sin decir una palabra. Hizo una llamada y se fueron, quedándose J para vigilarnos a mí y a su preciada mecancía.
Estuvimos hablando un poco de todo y de nada mientras les esperábamos. Entramos en unos chinos que había cerca a comprar algo de beber y cuando salimos ya estaban de vuelta.
Llegaron apretujados en un coche blanco de los noventa.
En la parte de adelante iban los jefes del cotarro, uno de los cuales guardaba gran parecido con Mark Ronson. Podían intentar disimular con el coche, pero vestían demasiado bien para estar en un lugar como aquel con una gente como nosotros.
Al bajar del coche y ver que allí no había ni furgoneta ni caramelo pude oler el miedo de mis antiguos compañeros de instituto y la irritación de aquellos tipos con pinta de productores neoyorkinos arrastrados hasta allí para nada.
El CD tampoco estaba, así que supuse que A andaba cerca.
Aproveché el momento de confusión general y la discusión consiguiente para salir de allí.
Crucé la esquina y me di de bruces con A.
Ya está bien. No tenemos por qué hacer ésto. Deshazte de esa mierda.
Me dó el disco y el caramelo y los guardé de nuevo en mi bolso.
Un par de calles más allá tiré el caramelo a unos arbustos, atenta de dónde caía por si el arrepentimiento llegaba más tarde.
Pero se le adelantó mi mala suerte a la hora de escapar.
Por la izquierda, el coche seguía mi paso. Dentro, el otro tío me apuntaba con una pistola. Hizo un gesto con la cabeza en dirección a los arbustos.
Recogí el caramelo y me dirigí al cohe. Él abrió la puerta del copiloto.
Entré y examiné el dulce antes de dárselo. Era una una vulgar piruleta de fresa.
Con el mutismo de quien se sabe con el control de la situación le quitó el plástico y se la metió en la boca.
Allí permanecimos un rato, sentados en silencio. Él saboreaba la piruleta espectante y yo había comenzado a sentir una atracción suicida por él. Le observaba como si fuese el primer hombre que veía en mi vida, prestando especial atención a lo bien que le quedaba la barba.
Quería que me mirara.
Es demasiado para ser éxtasis, dijo.
Sonreía. Me miró y en sus ojos había un brillo sobrenatural.