domingo, 28 de diciembre de 2008

SUEÑO DE UNA NOCHE DE INVIERNO

Me despierto en la cama de F. En realidad nunca he estado en la cama de F, pero me puedo imaginar la perspectiva de su habitación desde allí.
Tardo unos segundos en darme cuenta de qué hago en esta cama. Ayer hubo fiesta.
Me levanto y salgo al pasillo, donde me encuentro con Á, que parece ser el dueño de la casa, aunque en seguida soy consciente de que ésta es la casa de K.
K no está por ningún lado. Parece que es la imagen de Á la que le representa, pero Á pasa de mí. Es como si no me viera.
Me voy.

Había quedado con la gente de clase para ver unos cortos para no sé qué historias. Ya es de noche otra vez.
Los cortos se proyectan en una sala pequeñita situada en algún punto del centro, que hace esquina con el Paseo del Prado, situado entre Atocha y Banco de España.
Mientras esperamos a entrar jugamos al escondite inglés. El ruido de los coches dificulta el desarrollo del juego porque me impide oír al que se la liga, personaje irrelevante en esta historia.
Una vez dentro me encuentro con lo de siempre, casi no quedan sitios libres.
Me siento detrás de Ale y en las rodillas de M. La aparición de M tampoco viene mucho a cuento.
Me rodea con sus brazos mientras vemos el primer corto y en el segundo ya me está acariciando el pelo. Al cuarto me agacho y comienzo a chupársela, pero no me apetece.
El suelo se vuelve agua y me sumerjo intentando llegar al fondo, no me apetece formar parte de lo que hay arriba.
Cuando estoy a unos dos metros de profundidad aún puedo oír a M avisarme de que no intente tocar el fondo. Me invade el pánico y a pesar de ello no consigo subir a la superficie.

Vuelvo a casa con M de la mano. Es pronto. Deben ser la diez de una mañana de verano. Pero volvemos por la zona de los edificios de oficinas, que de pronto han ocupado el parque.
Me gustan los edificios de oficinas en verano. Esos edificios cubiertos con cristaleras azuladas, que en su conjunto aportan un toque de frescor a las vacías calles de asfalto ardiente.
Pero como ya he dicho es pronto, y no hace demasiado calor. Todo está idealizado y son varios los ejecutivos que bajan del sus Aundis, Mercedes y BMW’s.
Ya en la zona de parque más próxima a mi casa vemos a una par de policías pegando a una chica. Nos acercamos a ver qué ocurre y comienzan a insultarnos. M desaparece de escena y me quedo sola, víctima la tortura psicológica (derivada de alguna flojera interior que supongo tengo que superar) a la que me someten estos policías corruptos.
Termino llorando, tirada en el suelo y ardiendo de rabia frente la injusticia tan abstracta (desde el punto de vista actual) que consigue que se me desespere.
Suena el teléfono y despierto. Bien.

domingo, 21 de diciembre de 2008

ELLAS


Me ha vuelto ha pasar.
La asfixia, las náuseas, la ansiedad y la rabia.
De nuevo mi curiosidad/morbo/incapacidad de estarme quietecita me llevó a investigar de la mano de mi siempre fiel amigo internet. Y de nuevo me encontré con algo desagradable que me llevaría un tiempo olvidar.
Sus ojos brillaban mil veces más que los míos al sonreír. Tus manos en su cintura pasaban a formar parte de su cuerpo.
Su voz, sus ganas de vivir, su risa, su pelo, las cosas que te decía y yo no alcanzo a decirte.
Y no importa quién seas tú o quién sea ella, siempre es así.
Nunca dejo mi huella en tí como lo hizo ella.
Las primeras veces dolió tanto (supongo que realidad lo normal en estos casos) que me planteé si tenía sentido todo aquello. Luego lo convertí en un juego divertido, con consecuencias no menos divertidas.
Y ahora me canso de jugar siempre a lo mismo, y acabar siendo eliminada por los personajes secundarios de mi propio juego.

jueves, 11 de diciembre de 2008

GOTITAS DE CRISTAL, UN, DOS...


Besitos fríos le parecían las gotas de lluvia al caer en sus muslos a través de la falda.
¡Cómo le gustaban las tormentas de verano!
Columpiándose sobre aquel ya no tan grande neumático, de vez en cuando miraba al cielo y veía caer las gotas: montones de puntitos blancos que surgían derrepente de la inmensa nube gris, y que derrepente se le metían en los ojos, entre el pelo, la ropa o incluso se colaban en su pecho refrescándole el alma.
Su vestido naranja ya se teñía rojizo cuando el perro, el dichoso perro, se plantó frente a ella obligándola a frenar de golpe, ahora que casi le parecía tocar el cielo cuando se elevaba haciendo chirriar las cadenas del columpio.
Y volvieron a casa pisando charcos.